
Coyhaique a pie, en seis paradas
Una plaza de cinco lados, un ovejero que avanza contra la ventisca y una mano gigante que ofrece un mate. La vuelta de medio día que cuenta cómo nació la capital de Aysén.


Una plaza de cinco lados, un ovejero que avanza contra la ventisca y una mano gigante que ofrece un mate. La vuelta de medio día que cuenta cómo nació la capital de Aysén.

Unos noventa y seis kilómetros entre la ciudad y un pueblo al pie de una montaña con forma de fortaleza. Lo que conviene resolver antes de salir, y dos paradas que vale la pena no saltarse: una escuela que levantaron sus vecinos y una pared con manos pintadas hace miles de años.

Más de seiscientos cipreses podados, un pórtico donado por Sara Braun y la tumba de un indígena sin nombre que no deja de recibir velas. Un paseo lento por el lugar donde está escrita la historia de la inmigración magallánica.

Fue la puerta de entrada de la región y su primera capital, hasta que el río se llenó de sedimento y los barcos ya no pudieron entrar. El puente, la antigua Oficina de Tierras y los quince kilómetros hasta el fiordo cuentan esa historia.

Un perezoso gigante, una piel que terminó en Londres y un libro de Bruce Chatwin que la hizo famosa en el mundo. Qué se sabe de verdad de una de las cuevas más conocidas de la Patagonia, a 25 kilómetros de Puerto Natales.

La fiebre del oro fueguina fue en la década de 1880, pero el pueblo se fundó en 1894 para servir a las estancias de ovejas. Entre una historia y otra está la del pueblo selk’nam, que conviene contar entera.

Al norte de Punta Arenas, junto al Estrecho, hay cuatro réplicas a escala real: la nao de Magallanes, la goleta que llevó a Chile al Estrecho, el Beagle de Darwin y el bote de Shackleton. Cada una cuenta un viaje ligado a estas aguas.

Más de seis mil años navegando los canales del sur, una lengua que la comunidad trabaja por mantener viva y un museo que cambió de nombre a pedido de ella. Lo que conviene saber antes de visitar Puerto Williams, y cómo hacerlo con respeto.

Casi todos la usan de campamento base para Torres del Paine, pero la ciudad tiene historia propia: un fiordo con nombre de despedida, un frigorífico que llegó a faenar miles de ovejas al día y una costanera donde el viento tiene monumento.