Por Equipo VivePatagoniaRedacción del portal
Hay ciudades que se entienden desde un mirador. Punta Arenas se entiende mejor caminando despacio por su cementerio.
Un cementerio para todos los credos
El Cementerio Municipal se fundó en abril de 1894, en un terreno que el gobernador Manuel Señoret compró al norte de la ciudad, con decreto del presidente Jorge Montt. Queda a unas diez cuadras de la plaza principal. El Consejo de Monumentos Nacionales lo describe como el cementerio laico más austral de Chile, un lugar que reúne los credos y las costumbres de los migrantes que hicieron la ciudad, y es Monumento Histórico desde 2012.
El pórtico de Sara Braun
Se entra por un pórtico ecléctico, de líneas neobarrocas, construido entre 1918 y 1923 con el aporte de Sara Braun, empresaria y filántropa nacida en la actual Letonia y viuda de José Nogueira. Su mausoleo es una de las paradas del recorrido.
Se cuenta que Sara Braun pidió que la puerta central se abriera por última vez para su funeral, y que después se cerró. Ninguna fuente oficial lo confirma, así que conviene tomarlo como lo que es: una de las historias que la ciudad se cuenta a sí misma.
Los cipreses
Lo primero que se ve son los cipreses: más de seiscientos, plantados en hileras hace más de un siglo y podados en forma de cono. Forman las avenidas por las que se recorre el cementerio y le dan un orden sereno, casi de jardín, en una ciudad donde el viento no suele dejar nada quieto.
Quiénes están
Recorrerlo es leer la historia de Magallanes en apellidos. Están los mausoleos de las familias pioneras, como el de José Menéndez, asturiano, ganadero y naviero. Y están las más de diez sepulturas de sociedades de beneficencia, levantadas para los inmigrantes que no tenían familia que los enterrara.
También hay historias de mar. Descansan ahí el capitán ballenero noruego Adolf Andresen y Charles Milward, el marino inglés que aparece en «En la Patagonia», de Bruce Chatwin. Está la memoria de la tripulación del HMS Doterel, la cañonera británica que explotó en el puerto en 1881 y de cuyos 155 tripulantes sobrevivieron doce. Y está Baldwin Spencer, el antropólogo inglés que murió en isla Navarino mientras estudiaba a los yaganes.
El Indio Desconocido
En una de las avenidas hay una tumba que casi nunca está sola. En 1929 murieron en la isla Cambridge, hoy isla Diego de Almagro, donde se explotaba mármol, un chilote de apellido Leal y un indígena cuyo nombre verdadero nadie registró; las investigaciones apuntan a que era kawésqar. Los enterraron juntos, y las circunstancias de sus muertes todavía no están del todo claras.
Años después, alguien puso sobre la tumba un mármol con la inscripción «Indio Desconocido» y un epitafio del poeta José Grimaldi. En 1969 se sumó una escultura de bronce de Edmundo Casanova que, según el Consejo de Monumentos Nacionales, representa a todos los pueblos originarios de la Patagonia.
La tumba se volvió un lugar de devoción popular. La gente deja velas, monedas y placas que agradecen favores de salud, de familia o de amor, y el Día de Todos los Santos es cuando más visitas recibe. Merece acercarse en silencio, con el mismo respeto que cualquier otra sepultura.
Para visitarlo
- Sin apuro. Las avenidas principales se recorren en una hora; con dos se ve bien.
- Con el recorrido en la mano. El cementerio tiene una ruta patrimonial con sus tumbas principales y un buscador de sepultados en su sitio oficial.
- Es un cementerio en uso. Hay familias visitando a los suyos: voz baja, fotos sin personas y nada de sentarse ni apoyarse en las tumbas.
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